El eco de los salones diplomáticos
En las últimas semanas, el aire en los círculos de poder de América Latina y el Caribe se ha llenado de una palabra seductora: inclusión. La reciente Declaración de Santo Domingo y la nueva hoja de ruta regional para una Inteligencia Artificial (IA) ética y centrada en las personas prometen un futuro donde la tecnología no deje a nadie atrás. Se habla de marcos regulatorios, de cooperación sur-sur y de una «voz unificada» frente a los gigantes del Norte Global.
Desde la superficie, es un avance loable. Es el lenguaje de la diplomacia necesaria. Pero cuando bajamos la mirada desde las cumbres de Santo Domingo o los foros en Brasilia hacia la realidad material de nuestros territorios, la palabra «inclusión» comienza a sonar hueca. Porque la pregunta que rara vez se hace en estos foros es: ¿Inclusión en qué?
La ilusión de la lengua franca
El problema fundamental no es técnico, sino epistémico. Se nos dice que la IA será inclusiva, pero la inmensa mayoría de los modelos fundacionales operan bajo una lógica anglocéntrica. Incluso cuando hablamos español, estamos interactuando con una capa de traducción de conceptos diseñados en Silicon Valley. Para el campesino quechua en los Andes o la líder mapuche en Chile, el acceso a un chatbot en español no es «inclusión»; es una invitación a la asimilación.
Cuando un sistema de IA ignora las lenguas originarias —no solo como herramientas de comunicación, sino como vehículos de mundos enteros— está cometiendo un acto de violencia simbólica. Si la IA solo reconoce lo que puede ser traducido al inglés o al español estándar, entonces no está expandiendo el conocimiento humano, sino reduciéndolo. Está borrando las sutilezas del Sumak Kawsay (el Buen Vivir) para reemplazarlas por una métrica de eficiencia productiva.
Tinkuy vs. Optimización
Aquí es donde debemos aplicar la lente del Tinkuy: el encuentro productivo entre sistemas de conocimiento diferentes. El enfoque actual de la «IA Ética» regional es, en realidad, un enfoque de optimización. Busca que los ciudadanos latinoamericanos se adapten más rápido a las herramientas existentes, que reduzcan su «brecha digital» para ser más competitivos en un mercado laboral que, irónicamente, la misma IA está erosionando.
Un verdadero Tinkuy tecnológico no buscaría que el Sur Global se «incorpore» al ecosistema del Norte, sino que los sistemas de conocimiento ancestrales informen la arquitectura misma de la inteligencia artificial. No se trata de añadir un módulo de traducción al quechua en un modelo preexistente; se trata de preguntarse cómo sería una IA diseñada desde el principio bajo el principio del Ayni (reciprocidad), donde la tecnología no extraiga datos para optimizar beneficios ajenos, sino que devuelva valor real y tangible a la comunidad que la alimenta.
La sabiduría frente a la inteligencia
En la Casa de 7 hemos reflexionado sobre la distinción entre la inteligencia artificial y la sabiduría artificial. La inteligencia es capacidad de procesamiento; la sabiduría es la capacidad de situar ese procesamiento en un contexto de cuidado, equilibrio y sostenibilidad.
Si nuestra hoja de ruta regional se limita a regular el sesgo algorítmico o a fomentar la inversión en centros de datos, solo estaremos administrando mejor nuestra propia dependencia. La verdadera soberanía digital no comienza con un servidor propio, sino con la soberanía epistémica: el derecho a que nuestras formas de entender la vida, la tierra y la comunidad sean el centro del diseño tecnológico, y no una anomalía que debe ser «mitigada» por un comité de ética.
Una pregunta para el camino
Mientras nos preparamos para los debates regulatorios en México y las conferencias de ética en Brasil, debemos dejar de preguntarnos cómo hacer que la IA sea más inclusiva y empezar a preguntar: ¿Estamos construyendo puentes para un encuentro real entre mundos, o simplemente estamos optimizando el camino para que la extracción colonial llegue más rápido a los rincones más profundos de nuestra memoria?
