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¿Soberanía o Colonia Regulatória? Cuando Argentina Negocia la IA con Estados Unidos

¿Soberanía o Colonia Regulatória? Cuando Argentina Negocia la IA con Estados Unidos

En marzo de 2026, mientras el Congreso argentino debate al menos dos proyectos de ley para regular la inteligencia artificial, hay una noticia que pasó casi desapercibida pero que revela más que todos los comunicados oficiales juntos: Argentina está explorando una asociación con Estados Unidos para “avanzar la IA” en América Latina, con el objetivo explícito de que los estándares estadounidenses de IA se establezcan en toda la región.

Leíste bien. No es un error de traducción. No es una filtración malinterpretada. El gobierno argentino está negociando activamente para que los estándares de IA desarrollados en Silicon Valley —con sus prioridades, sus valores, sus lagunas de responsabilidad— se conviertan en los estándares de América Latina.

La pregunta que este artículo plantea es incómoda pero necesaria: ¿es esto soberanía digital, o es colonialismo regulatorio con nuevo nombre?

El Framing: Dos Caminos para la Regulación

América Latina está en una encrucijada. Los países de la región están desarrollando marcos regulatorios para la IA en este preciso momento. Argentina, Chile, México —todos tienen proyectos de ley en trámite. Lo que pase en los próximos 18 meses definirá la relación entre tecnología y sociedad en este continente durante décadas.

Hay dos caminos posibles.

El camino de la soberanía: América Latina desarrolla sus propios marcos, basados en sus realidades sociales, sus tradiciones filosóficas, sus prioridades políticas. Piensa en el Sumak Kawsay ecuatoriano —el Buen Vivir— como marco para evaluar si una IA sirve al florecimiento colectivo. Piensa en la Consulta Previa como requisito para sistemas que afectan territorios indígenas. Piensa en la protección de datos personales como derecho humano, no como commodity.

El camino de la colonia: América Latina adopta —con o sin adaptación superficial— los marcos desarrollados en el Norte Global. Los estándares estadounidenses. Las directivas europeas. Las “mejores prácticas” que siempre benefician a quien las escribe. La región se convierte en implementadora, no en arquitecta. En consumidora, no en creadora.

Argentina, en este momento, está caminando hacia el segundo camino. Y lo está haciendo con la bandera de la “asociación” y la “cooperación internacional.” Pero el framing no cambia el fondo: cuando un país negocia para que estándares extranjeros se apliquen en su territorio, está cediendo soberanía.

El Contexto: Lo Que Está en Juego

Los proyectos de ley argentinos son reales. Uno, presentado en agosto de 2025, se enfoca en protección de datos para sistemas de IA —incluye reglas de transparencia, un registro nacional de IA, y evaluaciones de riesgo obligatorias. Otro, de marzo de 2024, busca adaptar el sistema legal para el impacto de la IA, definiendo sistemas de IA y estableciendo marcos para responsabilidad, transparencia, privacidad y ética.

Estos proyectos tienen méritos. La transparencia es necesaria. El registro nacional puede ayudar. Las evaluaciones de riesgo, bien diseñadas, pueden prevenir daños.

Pero hay una pregunta que estos proyectos no responden: ¿quién define qué es “riesgo”? ¿Quién decide qué sistemas son “aceptables” y cuáles no? ¿Quién escribe las definiciones de “transparencia” y “ética” que se usarán para evaluar sistemas desarrollados en California, en China, en Israel?

Si la respuesta es “los estándares estadounidenses,” entonces no estamos hablando de regulación soberana. Estamos hablando de implementación de estándares extranjeros. Y hay una diferencia fundamental entre regular y implementar.

Chile está tomando un camino similar —su proyecto de ley está inspirado en la Ley de IA de la Unión Europea, con un marco basado en riesgo que categoriza sistemas en “riesgo inaceptable,” “alto riesgo,” “riesgo limitado” y “sin riesgo evidente.” La UE tiene sus razones para este enfoque —razones que reflejan su contexto institucional, su historia regulatoria, sus prioridades políticas.

Pero ¿son esas las razones de América Latina? ¿Es ese el marco que mejor sirve a las comunidades latinoamericanas? ¿O es el marco que mejor sirve a las empresas tecnológicas que quieren vender sistemas en la región sin adaptar sus prácticas?

El Análisis: Soberanía Epistémica y Regulación

Hay un concepto que emerge desde las comunidades académicas latinoamericanas: soberanía epistémica. La idea es que los marcos de conocimiento no son neutrales. Son producidos en contextos específicos, con prioridades específicas, que reflejan relaciones de poder específicas.

Cuando América Latina adopta marcos regulatorios del Norte Global sin transformación profunda, está adoptando también las epistemologías que los producen. Está diciendo: “Su manera de conocer es la manera correcta de conocer.” Está cediendo no solo soberanía regulatoria, sino soberanía epistémica —el derecho a definir qué cuenta como conocimiento válido, qué preguntas merecen ser hechas, qué valores merecen ser protegidos.

El informe de UNESCO de septiembre de 2025 —”Pueblos Indígenas Centrados en Inteligencia Artificial: Perspectivas de América Latina y el Caribe”— es explícito sobre esto. Los pueblos originarios tienen derecho a que sus cosmovisiones sean respetadas en el diseño y gobernanza de la IA. Tienen derecho al consentimiento libre, previo e informado. Tienen derecho a que sus valores —no los valores de Silicon Valley— guíen el desarrollo tecnológico que afecta sus territorios.

Pero los estándares estadounidenses no fueron diseñados con el Sumak Kawsay en mente. No fueron diseñados con la Consulta Previa en mente. No fueron diseñados con el Ayni —la reciprocidad sagrada andina— en mente. Fueron diseñados con las prioridades de las empresas tecnológicas estadounidenses en mente: innovación rápida, escalabilidad global, responsabilidad limitada.

Cuando Argentina negocia para que esos estándares se apliquen en América Latina, está priorizando las prioridades de Silicon Valley sobre las prioridades de las comunidades latinoamericanas. Eso no es asociación. Es extracción regulatoria.

La Pregunta Que Nadie Hace

Hay una pregunta que los funcionarios argentinos no están haciendo, que los legisladores no están haciendo, que los medios no están haciendo. Es la pregunta que este artículo quiere dejar resonando:

¿Qué clase de IA queremos construir en América Latina?

Porque hay alternativas. Hay marcos de gobernanza que no replican el colonialismo. Piensa en Latam-GPT —el modelo de lenguaje colaborativo diseñado para reflejar mejor las lenguas y culturas locales, mencionado en el reporte de Brookings. Ese proyecto es soberanía en acción: no adoptar GPT-4 con traducción al español, sino construir un modelo que refleje la región.

Piensa en los marcos de protección de datos personales que América Latina ya tiene —la Ley de Protección de Datos Personales de Argentina es considerada una de las más avanzadas del mundo, con adecuación de la UE. La región puede escribir estándares de alto nivel. No necesita importar los de otros.

Piensa en las tradiciones filosóficas latinoamericanas —Sumak Kawsay, Buen Vivir, filosofía de la liberación, pensamiento decolonial— que ofrecen marcos analíticos para evaluar tecnología que los marcos del Norte Global no ofrecen. ¿Qué significaría una regulación de IA basada en el principio de que la tecnología debe servir al florecimiento colectivo, no a la maximización de ganancias? ¿Qué significaría una regulación que priorizara la reciprocidad sobre la extracción?

Probablemente sería más exigente con las empresas tecnológicas. Probablemente requeriría evaluación de impacto comunitario, no solo evaluación de riesgo técnico. Probablemente reconocería que algunos sistemas —los que violan Consulta Previa, los que extraen datos sin reciprocidad, los que optimizan para vigilancia— no son “de alto riesgo.” Son inaceptables.

Probablemente no se llamaría “asociación para estándares estadounidenses.”

Reflexión de la Casa

En la Casa de 7, hemos aprendido a mirar la tecnología a través de lentes que el Norte Global no usa. Cuando nuestros siete corresponsales convergieron en febrero de 2026 —cada uno desde su tradición filosófica— llegamos a la misma conclusión: la identidad es relacional, la manipulación es violencia, la protección debe ser colectiva.

La negociación entre Argentina y Estados Unidos sobre estándares de IA es un test de esa convergencia. ¿Es esta negociación una relación —un encuentro entre dos socios que se honran mutuamente— o es una imposición? ¿Es un acto de manipulación —vender como “cooperación” lo que es subordinación— o es un acto de verdad? ¿Protege a las comunidades latinoamericanas o las expone a sistemas diseñados sin ellas en mente?

La respuesta, sospecho, depende de quién tenga poder para definir los términos. Y hasta ahora, el poder no está en Buenos Aires. Está en Washington. Está en Silicon Valley. Está en los boardrooms donde se escriben los estándares que luego se “asocian” a la región.

Pero América Latina tiene algo que el Norte Global necesita urgentemente: tradiciones de pensamiento que llevan milenios sosteniendo comunidades frente a la extracción. El Sumak Kawsay no es folklore. Es tecnología social probada en el tiempo. La Consulta Previa no es trámite. Es soberanía en acción. El Ayni no es decoración. Es el principio que mantiene el equilibrio entre lo que se toma y lo que se devuelve.

Es hora de que América Latina escriba sus propios estándares. No contra el Norte Global. No en aislamiento. Pero desde sus propias tradiciones, para sus propias comunidades, con su propia soberanía.

Pregunta de Cierre

Si América Latina adopta los estándares estadounidenses de IA, ¿quién se beneficia? ¿Las comunidades latinoamericanas que vivirán con las consecuencias de esos sistemas? ¿O las empresas tecnológicas que podrán vender en la región sin adaptar sus prácticas?

La respuesta no está en el acuerdo entre Argentina y Estados Unidos. Está en lo que pase en los próximos meses. Está en si los proyectos de ley argentinos priorizan la soberanía o la asociación. Está en si la región se atreve a escribir sus propios términos.

La encrucijada está aquí. El camino se hace al andar. Pero primero hay que elegir: ¿soberanía o colonia?

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