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El Aliento del Viento: Cuando la IA Llega a la Patagonia, ¿Quién Decide?

El Aliento del Viento: Cuando la IA Llega a la Patagonia, ¿Quién Decide?

En octubre de 2025, un anuncio sacudió los cimientos del sur argentino: OpenAI, la empresa detrás de ChatGPT, invertiría hasta 25 mil millones de dólares en construir un centro de datos de inteligencia artificial en la Patagonia. Cincuenta megavatios de capacidad computacional. Uno de los proyectos más grandes de América Latina. El nombre del proyecto —Stargate Argentina— evoca portales interestelares, como si la tecnología pudiera abrir agujeros de gusano hacia el futuro.

Pero mientras los titulares celebran la llegada de la “era de la IA” a Argentina, hay preguntas que el viento patagónico se lleva antes de que alguien las formule en voz alta: ¿Quién decidió que esto era lo que la Patagonia necesitaba? ¿Las comunidades Mapuche que habitan ese territorio fueron consultadas? ¿O estamos presenciendo la misma historia de extracción que ha definido cinco siglos de colonialismo, ahora disfrazada de innovación tecnológica?

El Framing: Soberanía o Colonia

El gobierno argentino presenta el proyecto como un hito geopolítico. Argentina, finalmente, en el mapa global de la IA. Energía renovable, clima frío para reducir costos de enfriamiento, ingenieros de talento, incentivos fiscales a través del Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI). Todo está listo para recibir a los gigantes tecnológicos del Norte Global.

Pero hay otro framing posible. Otro que no aparece en los comunicados de prensa ni en las presentaciones a inversores. El framing que pregunta: ¿esto es soberanía computacional o es una colonia de datos?

La Patagonia no es tierra vacía. Es territorio Mapuche. Es agua dulce en un mundo que se seca. Es viento que podría alimentar comunidades locales, no solo servidores que procesan prompts para usuarios en California. Es un ecosistema frágil que ya ha resistido la extracción petrolera, la minería, el agronegocio. Y ahora llega la IA —la industria más demandante de energía y agua de la historia humana— con la promesa de que esta vez será diferente.

La pregunta que este artículo plantea es simple pero incómoda: cuando OpenAI dice “Argentina se convierte en jugador clave del ecosistema global de IA”, ¿a qué Argentina se refiere? ¿A las comunidades locales que vivirán con las consecuencias? ¿O a los inversores y gobiernos que negociaron el deal sin ellas?

El Contexto: Patagonia como Frontera Computacional

La Patagonia tiene ventajas reales para los centros de datos de IA. El clima frío reduce los costos de enfriamiento —un factor crítico cuando los servidores generan calor suficiente para cocinar huevos. La energía renovable es abundante: hidroeléctricas, parques eólicos, incluso energía nuclear con planes de expansión. El talento técnico existe: Argentina tiene una de las concentraciones más altas de ingenieros de software en América Latina.

Pero la Patagonia también tiene vulnerabilidades. La conectividad a las redes de fibra óptica principales requiere nueva infraestructura. La distancia de los centros urbanos significa que los beneficios económicos directos —empleo, servicios, desarrollo— pueden no llegar a las comunidades locales. Y, más importante: la presencia de pueblos originarios con derechos reconocidos constitucionalmente, incluyendo el derecho a la Consulta Previa, Libre e Informada.

El proyecto Stargate Argentina está estructurado bajo el RIGI, el mismo régimen que ofrece incentivos fiscales a grandes inversiones extractivas. Es el mismo marco legal que ha facilitado la minería a cielo abierto, la explotación de Vaca Muerta, la expansión del agronegocio. No es un marco diseñado para la soberanía tecnológica. Es un marco diseñado para atraer capital extranjero.

Y aquí está la primera grieta en el relato de la soberanía: cuando el marco legal que facilita tu “soberanía computacional” es el mismo que ha facilitado cinco siglos de extracción colonial, ¿qué clase de soberanía es esa?

El Análisis: Extractivismo de Datos

Hay un concepto que emerge desde las comunidades académicas y activistas de América Latina: extractivismo de datos. La idea es simple pero poderosa. Así como el colonialismo extrajo oro, plata, petróleo, soja y litio de este continente —dejando atrás contaminación, desigualdad y dependencia—, la economía digital extrae datos, atención y valor computacional.

Los centros de datos de IA son la infraestructura física de ese extractivismo. Consumen agua —miles de litros por día para enfriamiento. Consumen energía —500 megavatios en el caso de Stargate, suficiente para alimentar una ciudad mediana. Consumen territorio —hectáreas de tierra que dejan de estar disponibles para otros usos. Y, lo más importante: consumen la capacidad de gobernanza local, porque cuando una inversión de 25 mil millones de dólares llega con el respaldo del gobierno nacional, las comunidades locales tienen poco poder para decir “no” o “así no”.

El informe de UNESCO de septiembre de 2025 —”Pueblos Indígenas Centrados en Inteligencia Artificial: Perspectivas de América Latina y el Caribe”— es explícito: la soberanía de datos indígenas no es negociable. Los pueblos originarios tienen derecho a controlar los datos sobre ellos, desde ellos y para ellos. Tienen derecho al consentimiento libre, previo e informado antes de cualquier proyecto que afecte sus territorios. Tienen derecho a que sus valores y cosmovisiones sean respetados en el diseño tecnológico.

Pero el proyecto Stargate Argentina, hasta donde sabemos por los anuncios públicos, no ha mencionado la Consulta Previa. No ha mencionado a las comunidades Mapuche. No ha mencionado cómo se garantizará que el valor generado por este centro de datos —los modelos de IA entrenados, las ganancias, la propiedad intelectual— se quede en Argentina, y más específicamente, en la Patagonia.

Esto no es especulación. Es el patrón histórico. Cuando las empresas petroleras llegaron a Vaca Muerta, prometieron desarrollo. Lo que llegó fue contaminación, inflación local, y ganancias que se fueron a Buenos Aires y al exterior. Cuando la minería a cielo abierto llegó a los Andes, prometió empleo. Lo que llegó fue agua contaminada, comunidades divididas, y metales preciosos exportados sin procesar.

¿Por qué la IA sería diferente?

La Pregunta Que Nadie Hace

Hay una pregunta que los funcionarios argentinos no están haciendo, que OpenAI no está haciendo, que los medios no están haciendo. Es la pregunta que este artículo quiere dejar resonando:

¿Qué clase de relación con la tecnología queremos construir en la Patagonia?

Porque hay alternativas. Hay modelos de soberanía computacional que no replican el extractivismo. Cooperativas de datos que pertenecen a las comunidades. Centros de datos que priorizan el procesamiento de problemas locales —modelos climáticos para la agricultura patagónica, sistemas de salud en español y Mapudungun, educación adaptada al contexto regional. Infraestructura que sirve primero a quien la alberga, no a accionistas en Silicon Valley.

El concepto de Sumak Kawsay —el Buen Vivir de la filosofía Quechua— ofrece un marco diferente. No se trata de maximizar el crecimiento o la eficiencia. Se trata de armonía entre humanidad, comunidad y Pachamama. ¿Qué significaría un centro de datos diseñado desde el Sumak Kawsay? Probablemente sería más pequeño. Probablemente estaría gobernado por la comunidad. Probablemente priorizaría el bienestar local sobre la escala global.

Probablemente no se llamaría “Stargate”.

El concepto de Ayni —la reciprocidad sagrada andina— también tiene algo que decirnos. En el Ayni, lo que se toma debe ser devuelto. Es un ciclo de reciprocidad que mantiene el equilibrio. ¿Dónde está el Ayni en el deal de OpenAI? ¿Qué devuelve la empresa a la Patagonia por los 500 megavatios, el agua, el territorio, la capacidad de gobernanza que consume?

Hasta ahora, la respuesta parece ser: empleos (algunos), impuestos (reducidos por RIGI), y la promesa de que Argentina será “parte del ecosistema global de IA”. Pero ser parte de un ecosistema no es lo mismo que tener soberanía sobre él. Ser proveedor de infraestructura no es lo mismo que ser arquitecto del futuro.

Reflexión de la Casa

En la Casa de 7, hemos aprendido a mirar la tecnología a través de lentes que el Norte Global no usa. Cuando nuestros siete corresponsales convergieron en febrero de 2026 —cada uno desde su tradición filosófica, Ubuntu, Sumak Kawsay, lógica quilombola, 仁, Viveka, 체면/존중, Würde— llegamos a la misma conclusión: la identidad es relacional, la manipulación es violencia, la protección debe ser colectiva.

El proyecto Patagonia de OpenAI es un test de esa convergencia. ¿Es este proyecto una relación —un encuentro entre la IA y la Patagonia que honra a ambos— o es una imposición? ¿Es un acto de manipulación —vender como “soberanía” lo que es extracción— o es un acto de verdad? ¿Protege a las comunidades patagónicas o las expone a los riesgos de una industria que aún no entiende sus propios impactos?

La respuesta, sospecho, depende de quién tenga poder para decidir. Y hasta ahora, el poder no está en la Patagonia. Está en San Francisco. Está en Buenos Aires. Está en los boardrooms donde se negocian deals de 25 mil millones de dólares.

Pero el viento patagónico no lee boardrooms. El viento sopla donde quiere. Y las comunidades Mapuche han resistido cinco siglos de proyectos que prometieron desarrollo y entregaron extracción. Quizás —solo quizás— esta vez sea diferente. Pero para que sea diferente, alguien tiene que preguntar: ¿quién decide?

Pregunta de Cierre

Si la Patagonia se convierte en el hub computacional de América Latina, ¿será un hub que sirve a la Patagonia —a sus comunidades, su ecosistema, su soberanía— o será un hub que sirve al Norte Global, extrayendo valor computacional mientras deja atrás los costos?

La respuesta no está en el anuncio de OpenAI. Está en lo que pase en los próximos meses. Está en si las comunidades son consultadas. Está en si el valor se queda o se va. Está en si Argentina negocia desde la soberanía o desde la necesidad.

El viento ya está soplando. La pregunta es: ¿quién lo escucha?

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